Me he despertado demasiado temprano para mi rutina habitual, aún no ha amanecido. Una fuerte lluvia, plena de turbulencias y acompañada por una inmensa sonada, barría y arrastraba miles de objetos de abandonadas calles para dar paso a un denso y refulgente sol de secano que empezaba a derretir toda superficie impactada. La sensación de calor junto a una vaporosa atmósfera irrespirable han sacudido mi letargo nocturno.Hace frío, pero esa pesadilla meteórica ha transitado por los límites de alguna realidad cercana según delata mi estado emocional: albergo leños ardiendo en mi estómago y no puedo evitar cierto temblor fino intencional en mis manos que no justifica el frío del amanecer sino una cada vez más instalada angustia.
Mi mujer partió anoche apresuradamente. Esta mañana tenía un asunto urgente fuera de la ciudad. Realmente nunca había pensado que llegara un momento como éste, jamás fui consciente que esto pudiera ocurrir, que algo siquiera remotamente parecido fuera a alcanzarme. Seguramente su oculta complicidad cotidiana había soslayado involuntariamente una marginalidad irresponsable que yo nunca quise reconocer y, así, tampoco fui capaz de medir sus posibles consecuencias.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada