Medio adormilado, a esa hora del mediodía en la que se unen en conjura hipnótica el calor y un estómago vacío, acertó a recordar cómo en aquella excursión, cercano el final del curso, había olvidado el bocadillo de chorizo. Ese mismo que de cada día lograba hacer una fiesta cotidiana, ese mismo que siempre le llegaba de la mano y con la tierna sonrisa de su madre.
Una lágrima resbaló por su mejilla y se perdió en la espesura de su canoso bigote, azuzando su modorra y entonces lo vio en el umbral de la puerta del comedor. Señalándolo con el dedo y con la misma tierna sonrisa, le espetó: ¡anda, cabecita loca, que te has olvidado el bocadillo! El nieto, extrañado, no entendía nada. Su abuelo, ahora niño, tampoco.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada