Originado en cada presente, poder sostenerse en algún ayer originante.
Crear cada día como un todo sin perder la vista de Okalakom, el Norte.

sábado, 8 de mayo de 2010

No más que tú

Yo no tengo otra bandera
que el color de tu mirada
Ni por propio ningún himno
sino tu voz enamorada
Tu piel, mi tierra
Tus caricias, mi frontera
De todo lo demás extranjero,
solo tú me alcanzas patria.

viernes, 7 de mayo de 2010

El día del examen

Es mi última oportunidad, lo sé y me he preparado concienzudamente para ello. Si se adosaran uno a uno cada uno de los esquemas o resúmenes que he elaborado en el último mes, se podría empapelar la suite nupcial más grande conocida, seguro.

Aún tan seguro, la misma mañana del examen me he venido temprano a la biblioteca. El sol iniciaba timidamente el desalojo de la noche y en la calle que conducía hasta la facultad observé las aceras recién regadas, limpias, desprendiendo un agradecido frescor y olor a humedad, siendo ya los primeros días del verano. Aroma de pan recién hecho llegaba de alguna calle adyacente, mientras apenas tres o cuatro personas más deambulaban mi misma senda dejando las primeras sombras alargadas de la mañana.

Lo he vuelto a repasar todo, de principio a fin y viceversa. Podría empezar en cualquier párrafo, incluso en determinado punto o coma y continuar de corrido hasta agotar el contenido de memoria. El reloj marca la hora. Recojo todo, me aseguro que llevo conmigo mi tarjeta de identificación para el examen. Creo que desde ayer he repetido este gesto cada hora.

Me encamino hacia el aula magna al otro lado del patio, frente justo a la biblioteca, mi hogar por cierto en los últimos quince o veinte días. Me acerco a la puerta aún cerrada, no somos muchos. Mejor, puedo buscar un sitio cómodo y bien aislado para mi examen. Vaya, empiezo a notar un aleteo creciente en mi estómago, respiro hondo... tranquilo, estás más que preparado para esto.

Oigo unas llaves, abren ya la puerta y en ese momento siento que despierto. Atolondrado, me incorporo y miro hacia la derecha. Es el carcelero, me trae la comida tal y como yo la detallé. Mi última comida, mi última voluntad... no volveré a soñar. Tranquilo, estás más que preparado para esto.

jueves, 6 de mayo de 2010

Las lentejas luego, te lo prometo

Como cada mediodía, habías llegado a casa, haciendo notar tu presencia mediante una ya ritual conjugación del ruido de las llaves con una cantarina salutación. Ningún eco, ninguna presencia, indicaban que quizás eras la primera en llegar ese día, algo nada habitual.

Tan pronto soltaste las llaves en la bandeja, a propósito dispuesta en el mueble de la entrada, te dirijiste a la cocina. Las lentejas, esas que con tanto esmero habías guisado la tarde anterior, se hallaban en la misma posición y sin el más mínimo atisbo de haber sido tocadas. Volviste tu mirada a la mesa del comedor... vacía. No, una nota pisada con un vaso te alertaba de su fugaz llegada y salida. Suelto los trastos de entrenar y me voy corriendo, quedé para repasar en la biblioteca con un amigo, cojo la moto, ya tomo un bocadillo... las lentejas luego te lo prometo. Un beso.

Las lentejas. ¿Cuándo dejaron de gustarle las lentejas? De pequeño no quería otra cosa, tanto que siempre que se las ponía decía que era como si fuese domingo. ¿Cuándo y cómo dejó de ser mi pequeño? ¿Por qué ya no las lentejas, por qué no estabas cuando llegué? Por qué, por qué... ¡Dios mío, por qué!...

Finalmente asentiste con la cabeza. El agente volvió a cubrir el rostro del muchacho, mientras intentaba explicarte las circunstancias del trágico y fatal accidente de moto. Tú seguías preguntándote cuándo y por qué dejaron de gustarle las lentejas.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Los crímenes del Distrito Norte

Cuatro víctimas en dos meses, en el mismo distrito de la ciudad y todos con el mismo patrón (nocturnidad, nada de signos de pelea y muerte rápida por la acción de un punzón limpiamente clavado en pleno corazón), era una situación que había alertado en exceso a la población y se había convertido en asunto prioritario para la policía.

Próximo a su jubilación, debido a un pertinaz reumatismo empeñado en progresar, el detective Dawson había decidido seguir muy de cerca el caso. Aquella mañana, mientras tomaba un primer café, adormilado y a la tenue luz de una pequeña ventana en la cocina de su apartamento, había terminado de convencerse de que el asesino debía vivir no lejos del Distrito Norte, incluso en él muy probablemente, pues la secuencia de asesinatos trazaba un mapa que dejaba entrever una especie de ruta predeterminada, aunque no parecía posible todavía anticiparse a un próximo movimiento.

Dawson pasó el día estudiando cuidadosamente en un plano de esa zona de la ciudad, la sucesión de los crímenes, intentando poder prever, lo más delimitadamente posible, cuándo y dónde podía producirse un nuevo asesinato.

Anochecía, cuando Dawson localizó un punto en el plano que encajaba, a modo de una delación bastante precisa y según una muy particular disposición geométrica mental, con lo que podría ser el siguiente paso del asesino. De acuerdo con el aproximativo dónde, se interrogó por el cuándo. La aleatoriedad de las fechas previas no era de gran ayuda ciertamente. Tomó un calendario, tenía marcadas distintas posibles fechas, pero no lograba un hilo conductor. Avanzaba su confusión al mismo ritmo que lo hacía la noche.

De pronto, asomado a la calle de su piso alquilado en el mismo Distrito Norte, observando como se había impuesto una noche fría, cerrada y poco bulliciosa, en el epicentro de su confusión escuchó una voz interior muy clara, la típica de un sagaz detective, que le aclaraba justo el punto y momento del próximo movimiento criminal del asesino.

Ante tan precisa providencia no albergó dudas. Disipada la confusión previa, tomó decidido su abrigo y unos guantes, se acercó al cajón donde guardaba algunas herramientas caseras, y echó un punzón al bolsillo.