Originado en cada presente, poder sostenerse en algún ayer originante.
Crear cada día como un todo sin perder la vista de Okalakom, el Norte.

lunes, 29 de marzo de 2010

Carta para mi primo

No te falta razón: el tiempo no nos cambia, simplemente nos jode. No cambiamos en esencia, qué cierto es, por eso somos capaces de recordarnos y reconocernos en el ayer o, mejor, los ayeres, aunque sean tiempos distintos con otras maneras de manejarse o vivir, que en ocasiones se antojan incluso extrañas a quien vive hoy, el presente.

Nuestros hijos no lo saben, y no deben saberlo, a su tiempo lo descubrirán, cuán duro es hacerse mayor, es mi experiencia. Ambicionas poco, te ilusionas menos, y recuerdas mucho, a veces más de lo que quisieras. Si no te matan los años, la memoria termina inundando y envenenando tu cerebro: eso debe ser la llamada demencia senil, o por ello ha de ser necesaria, antes o después.

Yo estoy contigo, me alegro que la vida no sea eterna, no lo soportaría, siendo como es y sabiendo que no hay más, no hay otra, ni en el más acá ni en el inexistente más allá.

No es que ya no sepa sonreir, o apreciar una buena música, o un buen libro, o un plácido viaje, cuando el peculio lo permite... pero ya casi no descubro nada que me sepa a nuevo o no me suene a algo ya visto o vivido, o me emocione como sólo la juventud sabe, supo, emocionar. Aunque la vida sigue regalando momentos, ninguno enamora, vuelca la mente o el corazón, como antaño un mero instante, a veces fugaz, lograba hacerlo.

Y cuando creo emprender alguna nueva aventura, no tardo en darme cuenta que sólo he querido poner distancia con el inexorable paso del tiempo, y más pronto que tarde vuelve a llegarme cada vez más fuerte, el sonido de un eco que me recuerda: vanidad de vanidades, todo es vanidad.

Y así, vuelvo al principio de mi carta: no cambiamos, tienes razón. Eso quiere decir que yo también te quiero mucho, tanto como te he querido siempre... y también sé que tú y yo, juntos, cuando éramos jóvenes, pudimos vivir una complicidad mucho más activa, porque disposición natural no faltaba, en cuanto a vivir experiencias y cosas ajenas a esa puta moral asfixiante que a mí al menos me llegaba a inhibir en tantas cosas, atándome a un patrón de vida preescrito del que era incapaz de soltarme.

A veces he llegado a odiar que entre tú y yo se cuajara tanta distancia, aunque nunca nos llegó a separar ni menoscabar la fuerte impronta de entendimiento y amistad que nos fue tan fácil crear y criar en poco tiempo. Contigo, todo era tan fácil para mí, ese al que tantos solían llamar raro y veleta, tan desorientado andaba por no atreverme a ser más asertivo.

Pero aquellos tiempos ya se fueron, y me dejaron más conflictos y dudas que respuestas, más sentido del deber que del libre ser, ansiedades todavía no acalladas, no sé si a ti también, ojalá que no tanto.

No te diré sé feliz, no lo acostumbro, sí disfruta cuanto puedas y sufre lo menos posible.
Un beso muy fuerte, primo, hermano, amigo.