No te falta razón: el tiempo no nos cambia, simplemente nos jode. No cambiamos en esencia, qué cierto es, por eso somos capaces de recordarnos y reconocernos en el ayer o, mejor, los ayeres, aunque sean tiempos distintos con otras maneras de manejarse o vivir, que en ocasiones se antojan incluso extrañas a quien vive hoy, el presente.Nuestros hijos no lo saben, y no deben saberlo, a su tiempo lo descubrirán, cuán duro es hacerse mayor, es mi experiencia. Ambicionas poco, te ilusionas menos, y recuerdas mucho, a veces más de lo que quisieras. Si no te matan los años, la memoria termina inundando y envenenando tu cerebro: eso debe ser la llamada demencia senil, o por ello ha de ser necesaria, antes o después.
Yo estoy contigo, me alegro que la vida no sea eterna, no lo soportaría, siendo como es y sabiendo que no hay más, no hay otra, ni en el más acá ni en el inexistente más allá.
No es que ya no sepa sonreir, o apreciar una buena música, o un buen libro, o un plácido viaje, cuando el peculio lo permite... pero ya casi no descubro nada que me sepa a nuevo o no me suene a algo ya visto o vivido, o me emocione como sólo la juventud sabe, supo, emocionar. Aunque la vida sigue regalando momentos, ninguno enamora, vuelca la mente o el corazón, como antaño un mero instante, a veces fugaz, lograba hacerlo.
Y cuando creo emprender alguna nueva aventura, no tardo en darme cuenta que sólo he querido poner distancia con el inexorable paso del tiempo, y más pronto que tarde vuelve a llegarme cada vez más fuerte, el sonido de un eco que me recuerda: vanidad de vanidades, todo es vanidad.
Y así, vuelvo al principio de mi carta: no cambiamos, tienes razón. Eso quiere decir que yo también te quiero mucho, tanto como te he querido siempre... y también sé que tú y yo, juntos, cuando éramos jóvenes, pudimos vivir una complicidad mucho más activa, porque disposición natural no faltaba, en cuanto a vivir experiencias y cosas ajenas a esa puta moral asfixiante que a mí al menos me llegaba a inhibir en tantas cosas, atándome a un patrón de vida preescrito del que era incapaz de soltarme.
A veces he llegado a odiar que entre tú y yo se cuajara tanta distancia, aunque nunca nos llegó a separar ni menoscabar la fuerte impronta de entendimiento y amistad que nos fue tan fácil crear y criar en poco tiempo. Contigo, todo era tan fácil para mí, ese al que tantos solían llamar raro y veleta, tan desorientado andaba por no atreverme a ser más asertivo.
Pero aquellos tiempos ya se fueron, y me dejaron más conflictos y dudas que respuestas, más sentido del deber que del libre ser, ansiedades todavía no acalladas, no sé si a ti también, ojalá que no tanto.
No te diré sé feliz, no lo acostumbro, sí disfruta cuanto puedas y sufre lo menos posible.
Un beso muy fuerte, primo, hermano, amigo.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada