Originado en cada presente, poder sostenerse en algún ayer originante.
Crear cada día como un todo sin perder la vista de Okalakom, el Norte.

miércoles, 29 de julio de 2009

Aquella noche fue El Boss

Eran mediados de los años setenta, yo andaba en los 15 años. Entonces la televisión ofrecía dos cadenas, la VHF y el UHF que decíamos, y en algunas casas se había instalado un aparato vinculado a la línea telefónica, que conocíamos como el hilo musical. La casa de mis padres era una de ellas.

Fue en aquella época que un día sonó en el hilo musical una canción que llamó mi atención inicialmente para, seguidamente cautivar mis oidos, y posteriormente mi deseo, poniendo en marcha cualquier movimiento que me permitiera saber de quién era esa canción, cuyo estribillo, baby we were born to run, se me había grabado. Y ahí entra en juego un amigo, aún hoy tal, que me puso en la pista: canción, Born to Run; cantautor, Bruce Springsteen. Ahí empezó un idilio musical de alto grado que dura hasta hoy.

No es hoy, tampoco aquellos años adolescentes, lo que me mueve a escribir ahora. Es anoche... la noche que vino El Boss (sobrenombre artístico de B.S., algo así com "El Jefe") a regalarnos su primer, seguramente único, concierto en Sevilla. No pretendo hacer una crónica periodística o crítica musical del concierto, repito que escribo porque me siento movido a ello.

Working on a Dream, nombre de su último album y de la gira o tour que hasta aquí le ha traído, es para mí el significado subjetivo y oculto que se reveló anoche en el estadio olímpico de esta ciudad. Porque un sueño cumplido es poder haber visto actuar, y digo actuar que no es sólo cantar, sino toda la puesta en escena (combinación de canciones, movimientos, luces, improvisaciones en diálogo continuo con el público, gestos, palabras...) que vivimos durante tres horas de rock sin solución de continuidad, mis hijos, mi mujer y yo, absolutamente absortos y, a partir de cierto instante, ya completamente entregados en forma de canto de estribillos, bailes, risas, saltos, gritos, etc., hasta el final. Bueno, además, mi hija, haciendo lo que bien pudo, fue artífice del reportaje gráfico familiar del evento. Ver al Boss con ellos tres, un motivo que incrementa, y con creces, la inmensa satisfacción del sueño cumplido anoche.

Sueño, porque pude escuchar en directo al propio Bruce y a la E Street Band, la que habitualmente le ha acompañado en muchos conciertos durante años, tocar no sólo temas de actualidad, como los del album que da título a la gira y ya nombrado, sino tantos y más temas ya clásicos que habré oido miles de veces, y visionado en DVD o en cortes de vídeo de conciertos otros cientos de veces más, donde siempre imaginaba estar.

Porque hizo una perfecta combinación. Si empezaba regalando pronto Badlands (1978), seguía con un Outlaw Pete (2009), la canción emblema del album Working on a Dream, ganando en popularidad incluso a la que da título al album, por más que ha sido uno de los himnos de la campaña electoral de Obama, por concesión activa del propio Boss.

Nos concedió el poder disfrutar en vivo de temas tan clásicos y señeros de identidad de los "bosseros empedernidos" como Hungry Heart (1980), Dancing in the Dark (1984) o Glory days (1984). También, dentro de lo anterior, alguna balada como es el caso de I'm on fire (1984). Hablando de baladas, alguno de los que me pueda estar leyendo se preguntará: ¿tocó The River? No, no la tocó, y la eché en falta, claro, como eché en falta el Born in the USA... y más mi hija que, como dice ella, es la que medio identifica de manera singular. No en vano, es el tono con el que suenan las llamadas a mi teléfono móvil.

Nos dejó alguna perla de sus momentos menos rockeros y más intimistas en vertiente folk de mediados de los años noventa, como el célebre Youngstown (cuarto corte del album The Ghost of Tom Joad, del año 1995... ¿cuántas veces lo habré saboreado?). Y, evidentemente, entró a saco en el siglo XXI, con canciones como Lonesome Day y Waiting on a Sunny Day (del album The Rising ambas, año 2002), ya también engrosando la lista de clásicos, y que levantan el fervor de los springsteenianos, y muy especialmente también de mi hijo, un buen rockero que empieza a hacer sus pinitos con una banda de rock donde toca la guitarra eléctrica. Por supuesto no faltó Working on a Dream (2009), y muchos más de esta década, como American Skin (41 shots), del año 2001.

Y la traca final. Se explayó, a modo de final festivo, haciendo malabarismos, vueltas y revueltas, cambios de instrumentos y registros a Mrs. McGrath (2006), a modo de un irish o celtic session donde vibramos a tope encaminándonos a un final donde tocó, entroncando al grito de "one, two, three, four" uno tras otro, muchos de los temas clásicos ya apuntados de las décadas de los setenta y ochenta, varios de ellos a petición popular.

Y cómo no, ahí salió a escena el Born to Run (1975), y ahí se multiplicó hasta el paroxismo la locura del adolescente, vivo en este que escribe, que se inició en la música del Boss mediados los setenta a raíz de un hilo musical. Casi treinta y cinco años después, aquella noche de 2009 fue de nuevo El Boss.

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Nota: Imágenes cortesía de mi hija (pinchad para ampliarlas), con cámara de aficionada. Así como este vídeo, corte del tema Working on a Dream.
Gracias Marina.

video

sábado, 18 de julio de 2009

Poetas españoles desde el exilio republicano

Algunos poetas, distintos lugares, ejemplos de tantos.
In memoriam.

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A Don Miguel Unamuno

Para María Zambrano


Nunca quisiste a España con amor tranquilo
sino rabiando, padeciendo;
amor a muerte, al borde, siempre al borde
de despeñarte... Forcejeo,
trágico jadear, rebañaduras
del corazón, blasfemias, rezos.
dulce panal, enardecida brama,
ardiente extenuación, brasa en los huesos...

Así quisiste a España hasta que loca de ti,
por ti, por ti, sangrando, ardiendo,
te mordió, loba, el corazón. Rodasteis
con largo aullido hasta el abismo negro.

Ángel Lázaro

Sangre de España. Elegía de un pueblo, La Habana, 1942.

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Muelle del reloj

A través de una niebla caporal de tabaco
miro el río de Francia,
moviendo escombros tristes, arrastrando ruinas
por el pesado verde ricino de sus aguas.

Mis ventanas
ya no dan a los álamos y los ríos de España.

Quiero mojar la mano en tan espeso frío
y parar lo que pasa
por entre ciegas bocas de piedra, dividiendo
subterráneas corrientes de muertos y cloacas.

Mis ventanas
ya no dan a los álamos y los ríos de España.

Miro una lenta piel de toro desollado,
sola, descuartizada,
sosteniendo cadáveres de voces conocidas,
sombra abajo, hacia el mar, hacia una mar sin barcas.

Mis ventanas
ya no dan a los álamos y los ríos de España.

Desgraciada viajera fluvial que de mis ojos
desprendidos arrancas
eso de que sus cuencas desciende como río
cuando el llanto se olvida de rodar como lágrima.

Mis ventanas
ya no dan a los álamos y los ríos de España.


Rafael Alberti

Entre el clavel y la espada, París, 1941.

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Un español habla de su tierra

Las playas, parameras
Al rubio sol durmiendo,
Los oteros, las vegas
En paz, a solas, lejos;

Los castillos, ermitas,
Cortijos y conventos,
La vida con la historia,
Tan dulces al recuerdo,

Ellos, los vencedores
Caínes sempiternos,
De todo me arrancaron.
Me dejan el destierro.

Una mano divina
Tu tierra alzó en mi cuerpo
Y allí la voz dispuso
Que hablase tu silencio.

Contigo solo estaba,
En ti sola creyendo;
Pensar tu nombre ahora
Envenena mis sueños.

Amargos son los días
De la vida, viviendo
Sólo una larga espera
A fuerza de recuerdos.

Un día, tú ya libre
De la mentira de ellos,
Me buscarás. Entonces
¿Qué ha de decir un muerto?

Luis Cernuda

Las nubes, Oxford, 1937-1940

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Es la tierra de nadie

No es el color turbio, ni perdida forma
ni luz difusa, débil, la que parte
la inmensidad del campo, su hermosura.

No es un otoño entre el calor y el frío,
no se ve ni se siente, no se sueña
la fatídica franja divisoria.

Pero allí está, como un reptil, inmóvil:
es la tierra de nadie, de mi España

Manuel Altolaguirre

Nube temporal, La Habana, 1939

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El llanto es nuestro

Españoles:
el llanto es nuestro
y la tragedia también,
como el agua y el trueno de las nubes.
Se ha muerto un pueblo
pero no se ha muerto el hombre.
Porque aún existe el llanto,
el hombre está aquí en pie,
en pie con su congoja al hombro,
con su congoja antigua, original y eterna,
con su tesoro infinito
para comprar el misterio del mundo,
el silencio de los dioses
y el reino de la luz.
Toda la luz de la tierra
la verá un día el hombre
por la ventana de una lágrima...
Españoles,
españoles del éxodo y del llanto:
levantad la cabeza
y no me miréis con ceño
porque yo no soy el que canta la destrucción
sino la esperanza.

León Felipe

Español del éxodo y del llanto, México, 1939

miércoles, 15 de julio de 2009

Una tarde de julio en Gante

Me despertó un indiscreto dolor de cabeza, no intenso, pero sí suficiente para interrumpir mi siesta, productos ambos, dolor y siesta, de una exquisita sucesión de cervezas belgas degustadas en algunas brasseries de Vrijdarmarkt (algo así como la plaza del mercado de los viernes).


Vrigdarmarkt

Mi mujer me había dejado una nota en la que me informaba sobre su partida hacia la zona del Lakenhalle, para ver si hacía alguna compra que reparara la ausencia de ropa especialmente dispuesta para el frío en su equipaje, y es que realmente las temperaturas se mostraban ciertamente poco estivales, siendo como era el mes de julio. Daría una vuelta después por Limburgstraat, calle muy concurrida con hermosos escaparates que figuran puestas en escena de decorados artísticos y de alta joyería, en los que cualquier adquisición podría suponer un acortamiento o revisión monetaria a la baja de nuestra estancia en Gante. Finalmente me citaba a las ocho en un restaurante de Graslei, donde igual puedes disfrutar de unos espaguetis bolognesa o unos tallarines al pesto, que de unos mejillones en diversas presentaciones o unas salchichas caseras, entre otros, con el infalible puré de patatas gratinado, regado (costumbre fácilmente amable) con toda una vasta gama de marcas cerveceras del país.

Como aún distaban un par de horas entre la cita y mi cefalea, opté por salir a despejarme por las calles aledañas al B&B donde nos alojábamos, no sin antes vaciar convenientemente una quejosa vejiga, no sólo por el intenso filtrado renal consecuencia de mi exceso etílico, sino por un prostatismo de reciente instalación y cuya vecindad mi vejiga deplora protestándome en forma de urgencias miccionales.

Ya en la calle, y a placer desperezado, tomé Burgstraat hacia la derecha y atravesé el brazo de río a poco ubicado, dejando atrás la conocida como Casa de las Cabezas Coronadas, pues en diversas filas dispuestas entre paneles de ventanas, en la propia fachada que daba a mi paseo, se pueden ver las reales testas de diversos monarcas, entre ellos Carlos V (primera fila, tercero desde la izquierda), ese Habsburgo que tan mala prensa tuvo entre los comuneros castellanos a su llegada a España, y tiempo después en su tierra de origen, Flandes, por ese capricho de las monarquías excesivas y coloniales de la época, de mantener su tesoro a base de exprimir el bolsillo de los súbditos.

Casa de las Cabezas Coronadas

Andando en tales pensamientos, y pasado el puente, se alzó de repente ante mí el Gravensteen o Castillo de los Condes de Flandes, optando por sentarme en la plaza que lo alberga con la mirada fija en sus veteranas piedras, no tanto por su belleza, que la tiene y por arrobas, sino por una sacudida palpitante de mi cabeza que me denunciaba mi olvido de echarme al trago un paracetamol o dos con que aliviar tal resaca.

Gravensteen

Volví entonces sobre mis pasos, pues decidí en tal estado tan poco proclive a la deambulación, acercarme a descansar echado en la hierba del pequeño y coqueto parque de la calle Jan Breydel (nombre de un líder flamenco de la resistencia a los franceses, del siglo XVII, muy recordado por estos lares, sobre todo en Brujas, su lugar de nacimiento).

Vista desde el parque

Esa misma calle me conduciría después a la espectacular zona de Korenlei y Graslei que, como un bucle en el tiempo, te transloca a tres o cuatro siglos antes, dado que conserva la estructura arquitectónica de antaño aunque en ella se hallan formulado comercios, bares, restaurantes y viviendas de hoy.

Vista de Graslei desde la orilla de Korenlei

Lo cierto es que despabilé antes de alcanzar el citado parque al toparme con un mural, en la fachada de un museo del diseño o algo así, donde a gran escala se expone una fotografía decimonónica que reúne a varias generaciones de la familia que habitó aquel suntuoso edificio, hoy museo, en la que cuatro figuras femeninas que intuí generacionalmente consecutivas, despertaron en mí una sensación de misterio, inquietud y, más fácilmente en mi estado, cierta fantasmagoría. Su pose, sus facciones, lo penetrante de su mirada, mi paranoica sensación de estar pisando terreno prohibido o estar a punto de desvelar algún escondido secreto de familia, fueron obrando un pase vertiginoso de proyecciones mentales dignas de películas como Psicosis de Hitchcock o Los Otros de Amenábar, al punto que me vi impelido a retomar formas ambulantes antes impensables, y a paso ligero esta vez, así que al instante y como si volviera de un mal sueño, me reconocí a salvo en el Korenlei echado sobre una valla lateral asomando a las mansas aguas fluviales que lo separan del Graslei.

Mural de la calle Jan Breydel

Detalle de los cuatro rostros femeninos

Quiere esto decir que, evidentemente, había pasado por el pequeño y coqueto parque, así como por el resto de la graciosa calle de Jan Breydel, sin reparar ni en el uno ni en la otra, en un acelerado viaje de la resaca al vértigo y, de éste último, al remanso de la ribera del Korenlei, punto donde desembocaba la calle de mi fantasmagoría, poniendo fin a un estado alucinatorio, así como dando paso a unas renacidas ganas de ingerir buenas dosis de cerveza belga.

Me encaminé al punto de mi cita, aún mirando de reojo el final de aquel túnel, digo calle cuyo parque no tuve ocasión aquella tarde de yacer. Sería otro día.

sábado, 11 de julio de 2009

El año que murieron ellos

El año que murieron Antonio Vega y Michael Jackson, fue de nuevo un buen año para los hombres grises (1). Una vida disoluta, alejada de cualquier moral respetable y unos cuerpos diseñados cual cóctel de drogas, terminaban, cómo no, poniendo fin a unas vidas aún jóvenes, clamaba el gris de esos hombres como todo epitafio. De nuevo quedaba comprendido y predicado que quien pretenda moverse fuera de la escala vital de grises, ya sabe a qué se expone: el camino, recto, que de las curvas, y peor si mal tomadas, uno se puede salir.

Fue el mismo año que no murieron muchos hombres grises, al menos no tantos como hubiera sido deseable, y sus dioses, sus religiones, sus domésticas prensas, sus educadas y férreas lindes, su cortés hipocresía y su ausencia del concepto de respeto y, menos aún de tolerancia, sufrieron una notable cotización al alza en sus comunidades grises, de suerte que si alguien deseaba pincelar algún mínimo y distinto color en su vida, tenían cuando menos un más que probable destino que enfrentarle, el de dos célebres tipos muertos por negarse a ser grises.

El año que murieron Antonio Vega y Michael Jackson, ese mismo año que no murieron tantos hombres grises como hubiera sido deseable, parecía que menguaba el natural espectro de colores en el que habita el hombre natural. Pero al oir canturrear bajo la ventana de mi hotel a un quinceañero, con aire desenfadado, eso de "you know I'm bad, I'm bad...", mientras nacía un henchido arco iris en el momento en que escampaba, salté a sonreir agradeciendo el sonoro y decorado guiño que me brindaba la vida, oyendo en mi interior aquello de "despierta ya, mira qué luz..."

El año que murieron ellos, nacían seguro nuevas vidas de colores que los hombres grises no llegarían jamás a secuestrar para su cenizo mundo.


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(1) Los "hombres grises" es la forma de describir por Michael Ende, en su novela de fantasía "Momo" (1973), a aquellos que secuestrando el tiempo (la vida) de los demás, pretenden crear una sociedad monótona y estéril en su propio provecho.
Para más información:
Momo en wikipedia