Mi mujer me había dejado una nota en la que me informaba sobre su partida hacia la zona del Lakenhalle, para ver si hacía alguna compra que reparara la ausencia de ropa especialmente dispuesta para el frío en su equipaje, y es que realmente las temperaturas se mostraban ciertamente poco estivales, siendo como era el mes de julio. Daría una vuelta después por Limburgstraat, calle muy concurrida con hermosos escaparates que figuran puestas en escena de decorados artísticos y de alta joyería, en los que cualquier adquisición podría suponer un acortamiento o revisión monetaria a la baja de nuestra estancia en Gante. Finalmente me citaba a las ocho en un restaurante de Graslei, donde igual puedes disfrutar de unos espaguetis bolognesa o unos tallarines al pesto, que de unos mejillones en diversas presentaciones o unas salchichas caseras, entre otros, con el infalible puré de patatas gratinado, regado (costumbre fácilmente amable) con toda una vasta gama de marcas cerveceras del país.
Como aún distaban un par de horas entre la cita y mi cefalea, opté por salir a despejarme por las calles aledañas al B&B donde nos alojábamos, no sin antes vaciar convenientemente una quejosa vejiga, no sólo por el intenso filtrado renal consecuencia de mi exceso etílico, sino por un prostatismo de reciente instalación y cuya vecindad mi vejiga deplora protestándome en forma de urgencias miccionales.
Ya en la calle, y a placer desperezado, tomé Burgstraat hacia la derecha y atravesé el brazo de río a poco ubicado, dejando atrás la conocida como Casa de las Cabezas Coronadas, pues en diversas filas dispuestas entre paneles de ventanas, en la propia fachada que daba a mi paseo, se pueden ver las reales testas de diversos monarcas, entre ellos Carlos V (primera fila, tercero desde la izquierda), ese Habsburgo que tan mala prensa tuvo entre los comuneros castellanos a su llegada a España, y tiempo después en su tierra de origen, Flandes, por ese capricho de las monarquías excesivas y coloniales de la época, de mantener su tesoro a base de exprimir el bolsillo de los súbditos.
Andando en tales pensamientos, y pasado el puente, se alzó de repente ante mí el Gravensteen o Castillo de los Condes de Flandes, optando por sentarme en la plaza que lo alberga con la mirada fija en sus veteranas piedras, no tanto por su belleza, que la tiene y por arrobas, sino por una sacudida palpitante de mi cabeza que me denunciaba mi olvido de echarme al trago un paracetamol o dos con que aliviar tal resaca.
Volví entonces sobre mis pasos, pues decidí en tal estado tan poco proclive a la deambulación, acercarme a descansar echado en la hierba del pequeño y coqueto parque de la calle Jan Breydel (nombre de un líder flamenco de la resistencia a los franceses, del siglo XVII, muy recordado por estos lares, sobre todo en Brujas, su lugar de nacimiento).
Esa misma calle me conduciría después a la espectacular zona de Korenlei y Graslei que, como un bucle en el tiempo, te transloca a tres o cuatro siglos antes, dado que conserva la estructura arquitectónica de antaño aunque en ella se hallan formulado comercios, bares, restaurantes y viviendas de hoy.
Lo cierto es que despabilé antes de alcanzar el citado parque al toparme con un mural, en la fachada de un museo del diseño o algo así, donde a gran escala se expone una fotografía decimonónica que reúne a varias generaciones de la familia que habitó aquel suntuoso edificio, hoy museo, en la que cuatro figuras femeninas que intuí generacionalmente consecutivas, despertaron en mí una sensación de misterio, inquietud y, más fácilmente en mi estado, cierta fantasmagoría. Su pose, sus facciones, lo penetrante de su mirada, mi paranoica sensación de estar pisando terreno prohibido o estar a punto de desvelar algún escondido secreto de familia, fueron obrando un pase vertiginoso de proyecciones mentales dignas de películas como Psicosis de Hitchcock o Los Otros de Amenábar, al punto que me vi impelido a retomar formas ambulantes antes impensables, y a paso ligero esta vez, así que al instante y como si volviera de un mal sueño, me reconocí a salvo en el Korenlei echado sobre una valla lateral asomando a las mansas aguas fluviales que lo separan del Graslei.
Detalle de los cuatro rostros femeninos
Quiere esto decir que, evidentemente, había pasado por el pequeño y coqueto parque, así como por el resto de la graciosa calle de Jan Breydel, sin reparar ni en el uno ni en la otra, en un acelerado viaje de la resaca al vértigo y, de éste último, al remanso de la ribera del Korenlei, punto donde desembocaba la calle de mi fantasmagoría, poniendo fin a un estado alucinatorio, así como dando paso a unas renacidas ganas de ingerir buenas dosis de cerveza belga.
Me encaminé al punto de mi cita, aún mirando de reojo el final de aquel túnel, digo calle cuyo parque no tuve ocasión aquella tarde de yacer. Sería otro día.
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