
Van a ser ya veinticinco años que tuve esos mismos como edad, o sea, llego ya a la mitad de la centuria que muy probablemente no he de conocer, marcando el calendario en un mes las bodas de oro conmigo mismo, pues fui desposado con la vida en el verano de mil novecientos cincuenta y nueve.
Ahora que ya declina la vertiente del tiempo, y apenas hay un espacio plausible para la ambición por la novedad (nada hay nuevo bajo el sol, un top de la experiencia acumulada), no es que pretenda hacer biografía o exégesis de mis días ya andados, sino que se me ocurrió sentarme a discurrir con este mi fiel y perenne compañero, el único que siempre amaneció y durmió conmigo, anduvo a mi lado de la mesa a la cama, de la noche al día, de la risa al llanto... y viceversa.
He aprendido que no hay más realidad que atender que lo presente, por lo que he ido dando de lado, aunque a veces recaiga absurdamente, a pretender reconocerme y medirme en las vicisitudes del pasado, algo que por física definición no está, y por mera salud mental no le es dado comprenderme o explicarme hoy. Es más, si de algo me arrepiento, no será de lo que en mis ayeres decidí o acometí, sino de lo que capaz no fui o de hacer dejé. Más he hecho lo que debía que lo que quería, de lo cual es inevitable que devinieran mil conflictos que manejé como buenamente pude, y mejor o peor supe. Pero no pienso dar resquicio a la vanidad del lamento o la vanagloria, frutos de la incierta y sesgada memoria, arma mas bien arrojadiza para el ser que piensa y actúa, camina y decide, avanza, cae y retoma siempre hoy, no ayer ni mañana.
Pasando por tanto del hecho a la experiencia, o del acto a su vivencia, no necesaria ni exactamente iguales o coincidentes, experiencias y vivencias sí me vienen algunas hoy, de los cincuenta ya en capilla, que puedo libremente asociar con ciertas lecturas que, entre otras muchas, han ido dejando marcas o huellas en la conformación de
lo que uno va siendo, término que prefiero a
lo que uno es.
Hablando de capilla, de repente mi conversación de hoy me pone sobre la mesa algo que tengo como una vivencia inquietante y decisiva de mi vida (seguro que labrada en muchos momentos vividos, fueran como hayan sido), la que supone mi desembarazo de la fe religiosa con la que crecí. Digo desembarazo, porque fue mi esfuerzo y empeño lo que me condujo a su abandono, de tal forma que no fue algo que perdí, como se suele decir.
Fue el tiempo en que Unamuno me regalaba su "sentimiento trágico de la vida", y Sigmund Freud ponía en mis manos su "psicología de las masas" o "el porvenir de una ilusión", entre otras psicoanalíticas lecturas, andando yo entonces echando mi polémico ser a cada día en un abreactivo y elucidador diván.
Sí, recuerdo tras otro sorbo de café aquel paseo, que di con mucha fruición, por "los jardines de luz" con Amin Maalouf, donde se escuchaba a Mani clamar, según recuerdo,
si no sería el Señor de las Tinieblas el que inspira las religiones con el fin de desfigurar el verdadero rostro de Dios. La religión tocaba en mí a su fin.
También contribuyeron a dejar de lado ese insulto a la inteligencia llamado religión, obras de autores denominados teólogos, en sus intentos por aclarar el concepto dios y en sus diatribas con la oficialidad de la institución eclesiástica. Mi reconocimiento y agradecimiento a Leonardo Boff y su "institución o carisma", o a Ignacio Ellacuría o Gustavo Gutiérrez en sus escritos de teología de la liberación que en mí supusieron una secularización de lo religioso, con un progresivo abandono de toda idea, primero católica, luego religiosa, y finalmente trascendente en general, quizá sin ellos pretenderlo.
Más allá de lo religioso, que la trascendencia, junto con la solemnidad y coherencia del yo como atributos naturales y cien por cien exigibles, son vestidos que mal encajan en la comprensión que he ido adquiriendo del humano existir, me trae figuradamente a mis manos la "insoportable levedad del ser" a la que me invitó Milan Kundera. ¡Cuánto de lo que llamamos opciones, elecciones o decisiones de sublime protagonismo, no son más que el fruto de encrucijadas de casualidades y coincidencias azarosas! Y cómo deja uno de sufrir, o sufre a veces menos, cuando esa idea pone luz en una conciencia en otro tiempo tan exigida y tan tendente, por una mala educación, al ser y obrar rígido, solemne y coherente, en vez de a la comprensión y flexibilidad enemigos de la censura, por ende de la culpa y, por tanto, quiebra de religiones y otras morales corrosivas.
Erasmo ("elogio de la locura"), Cioran ("adiós a la filosofía y otros textos), Ferlosio ("vendrán más años malos y nos harán más ciegos")... y otros muchos, aunque seguro que por algún motivo, o motivos en sus páginas revelados viene ellos a mi cabeza, los cuales permitieron ir forjando en mis adentros un tipo más escéptico y excéntrico, a la par que me iba despegando tanta etiqueta adhesiva de morales de otros en las que, inevitablemente y a falta de luz o razón propia, uno ha de criarse.
No sin ansiedad, pues somos conflicto mientras vivimos, sigo procurando ser más propio, menos ajeno, cuidando también no convertir lo propio en ajeno, ni lo ajeno en propio, así que menos narcisista y menos necio, más adulto, con yerro y con acierto, aunque siempre atento a que conmigo camina (gracias amigo Celaya) "el niño que ya no soy" y
me llama a gritos con su silencio, me aturde su desafío y su risa me da miedo... Pero creo que soy algo más que un niño muerto.
Lo cierto es que el año próximo, estando vivo y algo más calvo, por estas fechas habré de cumplir cincuenta y uno. Así que hoy... ¡Felicidades!